¿Cómo evitar los andamios en la calle?

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Los gatos negros que se cruzan en mi camino o el número 13 no me afectan demasiado. No soy una persona supersticiosa. Pero siempre me ha dado un cierto “yuyu” pasar por debajo de los andamios. He llegado a cambiar de acera para evitar sentir las planchas de metal sobre mi cabeza. Es algo que durante años, no he podido controlar. Hasta hace poco tiempo.

Un día cualquiera, hace unas semanas, tomé la decisión de pasar por debajo de un andamio pequeñito. Cuando salí de ese “túnel de la superstición” me sentí diferente. Había conseguido superar una barrera que sólo estaba en mi cabeza.

Al cabo de unos días, repetí la experiencia con uno más largo, sintiéndome más fuerte al salir de éste. En las últimas semanas, no he evitado caminar por debajo de estas construcciones efímeras.

He notado que cada vez que lo hago, me siento más segura de mi misma, y experimento un cierto orgullo cuando dejo atrás los barrotes metálicos que sostienen la estructura sobre la que trabajan los operarios. Y no puedo reprimir una sonrisa cómplice conmigo misma.

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Esta situación me ha hecho reflexionar sobre las barreras y miedos que construimos en nuestras cabezas y a los que rendimos pleitesía, muchas veces, sin saber porqué u olvidando el motivo que las originó.

Y por supuesto, luego he aplicado esta reflexión a mi trabajo en el sector al que me dedico profesionalmente desde hace ya más de 20 años: el maravilloso mundo de la hostelería y restauración con sus bares, restaurantes, cafeterías y hoteles.

En demasiadas ocasiones, hablando con empresarios restauradores, me encuentro “barreras mentales” tipo “esto se ha hecho siempre así”, “esto nunca ha funcionado”, “en mi bar esto no encaja”, “eso del Facebook no es para mí”, “en mi cocina ya lo hacemos más o menos bien”, “en éste pueblo ésto o lo otro, no lo van a entender”…

Son sus andamios personales, obstáculos que les impiden afrontar cambios, crecer y sentirse orgullosos de ellos mismos.

En el puente de Crámer al 1200, Colegiales, Buenos Aires. Foto de Ana Encabo

No quiero decirte con eso que ahora pasee por la calle buscando andamios para relamerme en la sensación victoriosa de haber superado un obstáculo del que ni siquiera recordaba porqué se instaló en la “zona superstición” de mi cerebro.

Pero sí que, cada vez que encuentro a un empresario con miedos a pasar por su propio andamio, intento darle la mano, acompañarle y animarle a dar el primer paso: vaciar la cabeza de supersticiones, barreras y obstáculos.

No siempre lo consigo, pero cuando sucede, no puedo reprimir otra sonrisa cómplice conmigo misma.

Los tiempos que nos están tocando vivir se han convertido en una avenida llena de andamios: estamos construyendo nuevas formas de operar, comercializar, relacionarnos, todas ellas todavía “en obras”.

Si queremos llegar al final del camino, toca inspirar profundamente, abrir bien los ojos, apretar los puños y dar el primer paso.

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