San Valentín: El amor se demuestra de otra manera

Hoy te voy a hablar de amor. ¡Qué poco original, ¿verdad?. Es lo obvio en esta fecha: rodearse de corazones, de frases melosas, de Cupidos inocentes y muchas expectativas de una noche arrebatadoramente romántica con la pareja.

Pero no es de ese amor del que quiero hablar. Voy a contarte una relato, una historia de la que fui testigo hace unos años, en un viaje a Las Vegas. Ocurrió en un restaurante, exactamente en Carnegie Deli, como no podía ser de otra forma, dentro del Hotel Mirage & Casino.

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Espero que cuando termines la lectura, entiendas a qué tipo de amor me refiero. Vamos allá.

“Se sientan a la mesa. Ella parece emocionada, con ese brillo en los ojos que dan las ocasiones especiales esperadas. Lleva un pantalón blanco y una camiseta azul, el pelo rubio corto y perlitas en las orejas. Él ni siquiera se saca la gorra donde lleva incrustadas las gafas de sol. Una camiseta bajo una camisa y ésta, por encima de la bermuda negra sobada, con esa arruga que dejan muchas horas de Playstation tirado en el sofa. Piden rápido, sin comentar el menú, sin complicidad. Ella fuerza algún atisbo de conversación, le ofrece tiras de bacon crujiente que él acepta sin dar las gracias.

Él come deprisa, ella intenta seguir su ritmo, y cuando el camarero le ofrece más café, ella le dedica una sonrisa coqueta y agradecida por el calor humano.  Él dice estar lleno, llevándose las manos a la barriga, como apremiado por algo que le espera. Ella pide un doggy bag y le regala más tiras de bacon, mientras acelera el ritmo de sus mordiscos breves consciente de la prisa de su acompañante.

Pide la cuenta, no lee bien los números y él, con un gesto de fastidio le asiste e inmediatamente  se levanta, apretando con impaciencia la bolsa de papel contra su cuerpo.

Imagen de Hartlington.net

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La cuenta resbala entre los  dedos torpes y reumáticos de la abuela, pero el joven déspota ya sólo mira hacia la salida, buscando la escapatoria de ese tedioso brunch con una vieja tonta. Ella la recoge del suelo y la firma y se levanta y corretea detrás del adolescente, que ya esta en la calle con sus gafas de sol puestas y las manos en los bolsillos.

Con una media sonrisa rara en la cara, agradecida por haber pasado un rato con su nieto, la dama ladea la cabeza antes de cruzar la puerta giratoria, me mira y me guiña un ojo.

Se me atraganta el (mejor) sandwich de pastrami (que he comido en mi vida) y siento una punzada de dolor, de esas que sólo el amor de verdad provoca.

Love will keep us alive, y tú, chaval ya estás muerto, pienso para mis adentros.”

No hay Cupidos, flechas ni corazones de tiza en la pared en esta historia.

Sólo amor del que se regala, del que no se gasta, del que dura eternamente.

Ojalá algún lector esté considerando llevarse a la abuelita

a cenar por San Valentin…

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