En un mundo donde todo tiende a simplificarse, a mecanizarse y a buscar resultados rápidos, hay proyectos que van justo en la dirección contraria. Proyectos que no nacen para ser fáciles, ni masivos, ni especialmente rentables. Nacen por convicción. Dominio de Greda es uno de ellos.
Es formación, estudio y conocimiento. Pero, sobre todo, es respeto. Respeto por el viñedo centenario de la Ribera del Duero, por su historia y por las personas que lo han cuidado generación tras generación. Cepas trabajadas a mano, con rendimientos bajos, que no entienden de prisas ni de atajos y que devuelven uvas con una personalidad imposible de replicar.
El problema es conocido: despoblación rural, mecanización, precios que no salen. Mantener estas parcelas, muchas veces pequeñas y dispersas, no tiene sentido desde una lógica puramente económica. Y aun así, siguen ahí. Gracias a quienes deciden no abandonar. A quienes, vistos desde fuera, podrían parecer insensatos.
El proyecto quiere ser la voz de esos viticultores que siguen cuidando estas viñas viejas cuando todo les empuja a arrancarlas. Que creen que el territorio se expresa mejor cuando se le escucha, no cuando se le fuerza. Y que entienden el vino no como un producto, sino como una consecuencia.
Las personas detrás del proyecto
Detrás de esta iniciativa hay trayectorias muy distintas, pero una sensibilidad compartida.
Patricia Benítez aporta una mirada científica y, al mismo tiempo, profundamente intuitiva. Su camino comenzó en la química y la investigación, pero encontró en el vino un espacio donde el rigor no está reñido con la emoción. Ve lo que otros no ven: en una parcela, en un suelo, en las personas. Su energía y sus ganas constantes de aprender sostienen muchas de las decisiones clave.

Rodrigo Pons representa la versatilidad y la experiencia. Su trayectoria, construida vendimia tras vendimia en distintas regiones, le ha dado una capacidad poco común para adaptarse a cada viñedo y a cada contexto. Aquí no hay recetas fijas. Hay escucha, interpretación y respeto por lo que la uva trae cada año.
Los viticultores
Pero este proyecto no se entiende sin los viticultores.
Julio Martín, nacido en Roa, es viña vieja en estado puro. Criado entre las parcelas de sus abuelos, decidió apostar por el campo cuando muchos lo abandonaban. Hoy cuida nueve hectáreas, seis de ellas de cepas antiguas, con una filosofía clara: trabajar la tierra y vivir el día a día. Ver su propio vino en un restaurante no fue un logro comercial, sino una confirmación personal.

Dani Maestre creció en Quintana del Pidio aprendiendo del campo junto a su abuelo. Dejó la fábrica para dedicarse por completo a la viticultura, apostando por una forma de trabajar que muchos ya daban por perdida. Gestiona parcelas propias y en renta, y otros viticultores confían en él porque reconocen algo esencial: sensibilidad, compromiso y respeto por la viña.
La bodega no va de héroes ni de épica. Va de decisiones pequeñas pero firmes. De cuidar lo que ya existe. De entender que la identidad de la Ribera del Duero no solo está en las grandes bodegas, sino también en esas parcelas humildes que han resistido el paso del tiempo.
Hacer vinos de alta expresión no es una moda. Es la consecuencia de trabajar bien, de escuchar al territorio y de rodearse de personas que creen en lo que hacen, incluso cuando no es lo más cómodo..
