Empezar el año sin exigirse

Cuando empieza el año solemos pensar en empezar el año sin repetir errores del pasado y en que hay cosas que deberíamos cambiar. Comer mejor, movernos más, organizarnos de otra manera, hacerlo todo un poco mejor que antes. La intención suele ser buena, pero muchas veces llega cuando todavía estamos cansadas, con el cuerpo arrastrando el final del año y la cabeza llena de ruido.

Cuidarse también tiene que ver con aprender a escucharse, una idea que ya exploré en textos como Rituales de bienestar para un verano sin prisa o en Dejar el azúcar sin dramas: el primer paso es conocerte, donde el enfoque está en pequeños cambios sostenibles.

Además, cuando nos marcamos objetivos muy altos desde el principio, la caída suele ser estrepitosa. Lo hemos vivido otras veces. Empezamos con mucha energía, con listas interminables y expectativas poco realistas, y al cabo de unas semanas aparece el cansancio, la frustración y la sensación de haber fallado. No es falta de voluntad, es que ese ritmo no se sostiene.

Con los años también aprendemos algo importante: ya no somos jovencitas y el cuerpo no responde igual, ni necesita lo mismo. La experiencia pasada sirve precisamente para eso, para ajustar el paso, para saber hasta dónde sí y hasta dónde no, y para entender que cuidarse no va de exigirse más, sino de escucharse mejor.

Cuando empezar fuerte no es buena idea

Por eso no siempre tiene sentido empezar fuerte. A veces lo que más necesitamos antes de tomar decisiones es parar un poco y observar cómo estamos de verdad.

El bienestar no empieza con normas nuevas ni con planes muy estrictos que cuesta mantener. Empieza cuando dejamos de forzarnos y nos permitimos ir un poco más despacio. Cuidarse no va de hacerlo perfecto ni de cumplir con todo, va de hacerlo posible y de que no nos pese más de la cuenta.

Lo que sí cabe en la vida real

Los cambios pequeños suelen funcionar mejor porque caben en la vida real. Comer sin mirar el móvil, caminar sin prisa, dormir algo mejor, beber una copa con atención, no para desconectar de todo sino para estar presente, decir que no cuando hace falta sin sentirse culpable. Son gestos sencillos, pero cuando se repiten en el tiempo acaban teniendo más impacto del que imaginamos.

Hay momentos en los que este tipo de cuidado no encaja en la rutina diaria. Entonces ayuda salir del entorno habitual, cambiar de lugar, de ritmo y también de conversaciones. No para huir de nada, sino para tomar distancia y volver con más claridad y menos tensión.

Parar unos días también es cuidarse

Por eso existen experiencias pensadas para parar durante unos días, propuestas que combinan gastronomía, vino y bienestar sin exigencias ni objetivos que cumplir. Espacios donde comer, beber y moverse forman parte del descanso y no de una lista de tareas pendientes, donde el cuerpo puede aflojar y la cabeza bajar un poco el volumen.

No prometen transformaciones rápidas ni cambios radicales. Tampoco lo necesitan. A veces basta con crear el espacio adecuado para recordar cómo se siente estar más presente y menos apurada.

Quizá este año no vaya de cambiarlo todo ni de empezar de cero. Quizá vaya de empezar el año sin exigirse más de la cuenta y de aprender de lo vivido.

ゆっくりでいい “Despacio está bien”

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