Mi hija tiene los ojos verdes, como su padre. Los míos son marrones, como los de mi madre; mi padre los tenía grises. Cosas de la genética, mis hijos mayores los tienen azules. Azules como el azul de Grecia, destino de mis vacaciones en verano.
Y mi lectura estos días ha sido L’estiu que la meva mare va tenir els ulls verds (El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes) de Tatiana Tîbuleac. Llevaba tiempo en la estantería, sobre una pila de libros pendientes con dudoso equilibrio, y le llegó el momento.
Llama la atención el título, pero a mi me fascinó la pintura de la portada, tanto, que la busqué y descubrí que no era antigua, como había creído al principio, y que la firmaba la ilustradora Federica Benegiamo.
En la edición de Amsterdam la obra llega a nosotros en forma de bodegón doméstico: tajadas de sandía, fresas desbordando de un escurridor, un trozo de melón en primer plano y, sobre él, la mosca que “arruina” la postal. No hay cuerpos, no hay rostros, solo el rastro de quienes han cortado la fruta y no han vuelto todavía a la mesa.
El verano del título no tiene playas infinitas ni cenas perfectas, sino una mesa de cocina cualquiera en la que la vida se oxida en el fregadero al mismo tiempo que los resentimientos entre madre e hijo. Pero no te voy a comentar el libro, solo te adelantaré que se cuecen a fuego lento ingredientes difíciles, y que huele a verano francés.
Volvamos a la portada. Una hora estuve divagando sobre lo que observaba, antes de abrir el libro. El escurridor, ese colador lleno de agujeros, es para mí el verdadero protagonista silencioso de la portada.
Desde el Neolítico hemos inventado formas de separar líquido y sólido. De filtrar, de quedarnos solo con “lo mejor” de los alimentos: cestas trenzadas, recipientes perforados, coladores metálicos y de otros materiales que evolucionan de la cocina antigua a la moderna.
En la antigua Mesopotamia los recipientes de cerámica perforados se utilizaban para procesar alimentos y filtrar líquidos. Los romanos usaban ejemplares de bronce (como los hallados en las ruinas de Pompeya) para filtrar el vino y preparar alimentos básicos.

El primer registro europeo específico de un utensilio diseñado para escurrir pasta data del año 1363, en la República de Génova, y se conocía con el nombre de “caza lasagnaria”. En 1570 el cocinero papal Bartolomeo Scappi documentó el uso de coladores y herramientas perforadas para el naciente consumo de pastas hervidas.
Hasta el siglo XIX los coladores pasaron a ser de hierro y cobre, un material más resistente y duradero. Con la producción en masa y el nacimiento del acero inoxidable a principios del siglo XX, el colador semiesférico de malla metálica con mango y el escurridor tradicional de base amplia comenzaron a fabricarse de manera estandarizada.
Y hasta aquí la aportación friki del día. El escurridor, ese gran ninguneado.
El verano. ¿Qué sería del verano sin moscas? Ahí está ella, la intrusa: la mosca posada en la tajada de melón. En la Historia del Arte las moscas sobre fruta o flores han sido pequeñas profanadoras de la belleza: los pintores barrocos las colocaban en sus bodegones de “vanitas” para recordar la corrupción de la materia, la enfermedad y la muerte que acechaban incluso en el esplendor de la abundancia.

En muchas naturalezas muertas del siglo XVIII una mosca sobre una fruta madura indica ese momento exacto en que la dulzura puede empezar a convertirse en podredumbre. A veces funcionaba también como un “memento mori”, una manera de decir que todo festín tiene su factura y que la vida, por muy jugosa que parezca, está a punto de ponerse complicadilla…
La mesa de Federica Benegiamo nos recuerda que, igual que en los bodegones antiguos, las cosas más humildes (un escurridor, una sandía, una mosca) pueden contener, sin pretenderlo, toda la literatura que necesitamos.
