A principios de septiembre, aprovechando que era temporada baja y que la casa estaba vacía, me fui unos días a Borda del Pi, en Canillo, acompañada únicamente por mi westie, Fiona. Conocía el proyecto a través de su propietaria, Eva Palmitjavila, pero hasta entonces no había tenido la oportunidad de alojarme allí.
Cogí unos días de vacaciones porque necesitaba parar, desconectar de todo y de todos y pasar un poco de tiempo sola. No quería llenar la agenda ni hacer demasiados planes. Buscaba silencio, tranquilidad y tiempo para mí.
Un refugio rodeado de montaña
Para llegar hasta la Borda hay que subir desde Canillo por una carretera de montaña, la misma que conduce hacia el Puente tibetano y el Mirador Roc del Quer. El trayecto es muy agradable y permite empezar a disfrutar del paisaje, aunque tiene bastantes curvas y conviene hacerlo sin prisas.
Borda del Pi forma parte de la historia de Eva Palmitjavila y de su familia. El proyecto nació de una antigua borda vinculada a Casa Som, donde su padre, Climent, y el resto de la familia pasaban una parte del año y subían con el ganado.

Recuperar aquel lugar y transformarlo en la casa que es hoy ha permitido mantener vivo ese vínculo con la montaña. Por eso, para Eva, Borda del Pi no es únicamente un alojamiento, sino la continuación de una historia familiar.
Esa historia también se percibe en los espacios. La madera y la piedra están presentes en toda la casa, con una decoración cuidada que resulta elegante, pero sin hacer que los espacios pierdan calidez.
Nada más entrar, un aroma a naranja dulce y madera de cedro envuelve la casa. El champú y el gel de baño pertenecen a esa misma línea de Rituals que, casualmente, es la que utilizo en casa. Esa conexión aromática, sin buscarla, fue uno de los detalles que más me conquistaron.

Una habitación para descansar de verdad
Me alojé en Casamanya, una habitación situada en la primera planta, con baño completo, balcón privado y vistas al prado.
El colchón y la almohada eran tan cómodos que, por primera vez en mucho tiempo, no eché de menos la almohada que suelo llevar conmigo cuando viajo. Y eso, en mi caso, ya dice bastante.
La habitación cuenta con secador de pelo, televisión, cafetera con cápsulas Illy, infusiones y hervidor de agua. Tenerlo todo a mano resulta especialmente agradable cuando no te apetece bajar y prefieres prepararte un café para tomarlo tranquilamente mientras contemplas el paisaje desde el balcón.



La cocina está en la planta baja, es amplia y tiene todo lo necesario para utilizarla con comodidad. Por la mañana podía prepararme un café, hacerme un zumo de naranja y desayunar tranquilamente, sin tener que estar pendiente de ningún horario.

Durante mi estancia estuve prácticamente sola en la casa. Regué las plantas, atendí a algún proveedor que pasó por allí y disfruté de largos paseos con Fiona por los alrededores. Poco a poco, dejé de sentirme como una huésped para empezar a moverme por la Borda con la naturalidad de quien está en casa.

Un equipo presente, sin resultar invasivo
La experiencia en una casa de estas características depende también de las personas que se ocupan de ella. Desde mi llegada a Canillo, el equipo estuvo disponible para explicarme cómo funcionaba todo y ayudarme cuando lo necesitara, pero respetando mis tiempos.
Esther se encargó de organizar mi visita al Sport Hotel Hermitage & Spa de Soldeu, donde disfruté de un masaje. Podía añadir tres horas de acceso al spa, pero no quería dejar a Fiona sola durante tanto tiempo.
Mar estuvo pendiente de mí durante la estancia; Pol, de la parte gastronómica; y Marina, reflexóloga, vino hasta la casa para ofrecerme una sesión de bienestar. Cada uno estuvo presente cuando lo necesité, algo que agradeces especialmente cuando viajas sola.
Cenas en la Borda, sin prisas
Una de las noches, Pol se ocupó de dejarme la cena preparada. Abrí una botella de Vives Ambrós que había llevado desde casa y cené tranquilamente en la Borda.

Otra tarde, Mar me propuso ir a cenar fuera, pero preferí quedarme en la casa para seguir disfrutando de ella. Bajé a una tienda de Canillo y compré lo necesario para improvisar la cena: tomate rosa, burrata, albahaca, tortilla de calabacín, bastones de pan con aceitunas, pan de cristal y tomates maduros para restregar.
No hacía falta preparar nada complicado. En ambos casos, poder cenar sin prisas y continuar disfrutando de la casa formó también parte de la estancia.

Una casa que también puedes reservar completa
Aunque yo viajé sola, Borda del Pi se puede reservar completa para compartirla con un grupo reducido. Puede ser una buena opción para celebrar un cumpleaños en petit comité, pasar un fin de semana en familia, organizar un retiro o reunir a un equipo pequeño fuera de su entorno habitual.
La Borda también organiza algunas actividades, como jornadas de yoga con brunch al aire libre o propuestas familiares de temporada, entre ellas la visita de Papá Noel en Navidad.
Conexión móvil en Andorra
Antes de salir hacia Canillo, contraté una eSIM a través de andorra.com, utilizando la aplicación CityXerpa, para no depender del roaming durante mi estancia.
La eSIM no incluye llamadas ni SMS, pero los datos me permitieron hacer llamadas por WhatsApp y trabajar algunos ratos con el ordenador sin ningún problema.
Borda del Pi, un lugar para bajar el ritmo
Me quedo con los amaneceres frente a la montaña, los desayunos al sol, las cenas sin prisas, la cercanía del equipo y Fiona explorando feliz por los alrededores.
Pero, sobre todo, con haber podido parar durante unos días. Llegué a Borda del Pi cuando necesitaba silencio, tranquilidad y tiempo para mí. Y allí encontré las tres cosas. Volvería, sin duda.
