El «Efecto Mandela» vinícola: 4 trolas sobre el vino que repites como un Monguer

Cinco amigos escuchan a un cuñado repetir mitos sobre el vino durante una cena

¿De verdad seguimos cayendo en los mismos mitos sobre el vino de siempre? Que si el señor del Monopoly llevaba monóculo, que si Pikachu tenía la punta de la cola negra —aunque muchos de aquí no sepáis ni quién es Pikachu— o que si el Valencia solo falló el penalti de Pellegrino en aquella final de Champions. Qué lejos queda eso, joder…

Nos encanta sorprendernos al descubrir el famoso efecto Mandela: ese fenómeno por el que mucha gente acaba convencida de algo que nunca ocurrió, lo repite y lo defiende como si fuera verdad.

Y nos creemos muy listos, pero, llevado al mundo del vino, la cosa cambia. Nos vamos a un garito a tomar algo y soltamos cada barbaridad sobre el vino que da vergüenza ajena. Cringe, para los de Pikachu.

En España tenemos un problema: el cuñadismo. De todo tipo, aunque hoy toca hablar del cuñado vinícola de barra de bar. Nos chifla repetir frases hechas sin tener ni idea de lo que hay dentro de la botella, simplemente porque «es lo que se ha dicho toda la vida».

Así que hoy vengo a desmontar cuatro mitos sobre el vino que hemos aceptado sin cuestionarlos:

1. «El tinto se bebe a temperatura ambiente»

¡A ver si nos entra de una vez en la cabeza!

Cuando empezó a utilizarse esa expresión, la temperatura de las casas y las bodegas era bastante más baja que la de nuestros salones actuales. Beber un vino «a temperatura ambiente» no significaba servirlo a los 25 o 30 °C de una vivienda en pleno verano.

Y no, no me lo estoy inventando: la guía de WSET sobre temperatura y conservación del vino sitúa esa famosa «temperatura ambiente» entre 15 y 18 °C.

Si te sirves un tinto a los 44 °C que hace en el salón durante una ola de calor, no estás respetando ninguna tradición: te estás metiendo entre pecho y espalda un lingotazo de alcohol caliente.

Cuñado afirma que el tinto se bebe a temperatura ambiente, uno de los mitos sobre el vino

Además, no todos los tintos necesitan la misma temperatura. Un tinto joven y ligero puede beberse más fresco que uno con mayor estructura o crianza. No hace falta vivir abrazado a un termómetro: basta con entender que «temperatura ambiente» no significa «calor infernal».

El tinto también se refresca un poco antes de servirlo. Y punto.

2. «Cuanto más viejo sea el vino, mejor»

Luego está esa manía de guardar encima de la nevera o en el trastero la botella de crianza que te regalaron hace cinco años, esperando «una ocasión especial».

Sorpresa: no todos los vinos mejoran con el tiempo. De hecho, la mayoría están pensados para disfrutarse jóvenes o durante sus primeros años de vida. Para que un vino pueda evolucionar bien necesita determinadas características y, además, unas condiciones de conservación adecuadas.

Cuñado muestra una botella antigua mientras repite mitos sobre el vino y su envejecimiento

Dejar una botella cogiendo polvo, soportando cambios de temperatura y esperando una cena que nunca llega no la convierte automáticamente en una joya enológica. Lo más probable es que, cuando por fin la abras, el vino esté apagado, oxidado o haya perdido buena parte de la fruta y la frescura que tenía.

Y no os imagináis la cantidad de botellas que he terminado tirando después de rescatarlas de trasteros, desvanes y armarios de abuelos, padres y amigos…

Si un vino no está hecho para envejecer, guardarlo durante años no lo mejora. Lo sentencia.

3. «Si lleva tapón de rosca, es malo»

Existe la creencia de que, si no necesitas un sacacorchos, lo que hay dentro de la botella tiene que ser malo.

Pues no.

Países con una enorme tradición vinícola, como Nueva Zelanda o Australia, llevan décadas utilizando tapones de rosca. Este cierre permite controlar mejor la entrada de oxígeno y evita el riesgo de que el vino presente el conocido olor a corcho provocado por el TCA.

Cuñado rechaza una botella con tapón de rosca al repetir mitos sobre el vino

Para muchos vinos jóvenes, especialmente blancos frescos y aromáticos, la rosca funciona perfectamente y ayuda a conservar sus características.

El corcho puede tener romanticismo, ceremonia y ese pequeño momento teatral de sacar el sacacorchos. Estupendo. Pero eso no convierte automáticamente el contenido de la botella en un buen vino.

La calidad está dentro. No en el ruido que hace el tapón al salir.

4. «El blanco para el pescado y el tinto para la carne»

Esta regla se inventó para no tener que pensar demasiado. A la gente le encantan las normas fáciles porque evitan el esfuerzo de probar cosas nuevas.

Pero un maridaje no depende únicamente de si delante tienes carne o pescado. También importan la grasa, la salsa, el tipo de cocción, la intensidad del plato, la acidez y la estructura del vino.

Caricatura sobre el mito de acompañar siempre el pescado con vino blanco y la carne con vino tinto

Un pescado azul puede funcionar estupendamente con un tinto ligero. Una carne puede entenderse con un blanco fermentado en barrica o con un cava con estructura. Y un tinto demasiado potente también puede tapar por completo aquello que estás comiendo, aunque el manual del perfecto cuñado diga que «la carne pide tinto».

Prueba sin miedo, joder. Equivócate, cambia de botella y decide tú qué combinación te gusta.

Pero deja de repetir las mismas reglas de siempre como si fueran mandamientos grabados en piedra. No hay nada más aburrido que beber siguiendo un guion escrito por otros.

Mitos sobre el vino: el verdadero problema no está en la botella

Ahora ya, poniéndome intensito…

El vino forma parte de nuestra cultura y de nuestra vida cotidiana, aunque cada vez menos, lamentablemente. De ahí que algunos sigamos haciendo esto por amor al arte mientras nadie se tira al rollo de pagarnos por escribir.

Por eso da tanta rabia dejarse llevar por la charlatanería de barra de bar.

Nos cuesta muchísimo decir «no lo sé», cuando no pasa absolutamente nada. No necesitas saber de variedades, añadas, suelos o fermentaciones para beberte una copa de vino y disfrutarla.

¿Acaso sabes qué narices lleva exactamente la Coca-Cola? Seguramente no. Pero te pides una Zero Zero porque es lo que pide todo el mundo. Y así con casi todo: preferimos repetir lo que escuchamos antes que detenernos un momento, cuestionarlo y tomar una decisión propia.

No dejes que el efecto Mandela decida por ti. Exige que te sirvan el vino a una temperatura razonable, pasa de las reglas absurdas y disfruta de la botella.

Porque, como ya conté en «Lo importante no es el vino, son las personas», el vino está para pasarlo bien con los tuyos, no para hacerse el cuñado.

¿Qué es el efecto Mandela?

El efecto Mandela es un fenómeno social y psicológico por el que un grupo numeroso de personas comparte el recuerdo de un hecho que nunca ocurrió o que sucedió de una manera diferente.

El nombre comenzó a popularizarlo Fiona Broome al comprobar que muchas personas creían recordar que Nelson Mandela había muerto en prisión durante los años ochenta. En realidad, Mandela salió de la cárcel en 1990 y falleció en 2013.

Nuestra memoria no funciona como una grabación exacta: reconstruye los recuerdos y, en ocasiones, rellena los huecos con ideas, imágenes o relatos que hemos escuchado repetidamente.

Algo parecido ocurre con los mitos sobre el vino: una mentira repetida durante décadas termina pareciendo una verdad indiscutible.

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