Ser un jeta no es ser creador de contenido: cuando el algoritmo devoró a la gastronomía

móvil con Instagram sobre mesa de restaurante, el algoritmo devorando al creador de contenido gastronómico

Parto de una base categórica e innegociable: a pesar de llevar años como creador de contenido, jamás me he considerado influencer. Y no será porque no me hayan llovido invitaciones a saraos, catas postureadas y eventos plagados de «vinoinfluencers». A mí lo que me apasiona, lo que me mueve por dentro, es comunicar y hablar sobre vinos. Pero me flipa infinitamente más si logro romper las barreras del elitismo y hacérselo llegar a un público que habitualmente es reticente a este mundo. De ahí nació el eslogan que abandera mi proyecto en lavidesbella «haciendo fácil el mundo del vino».

Sin embargo, no podemos ser ciegos ante la realidad. De un tiempo a esta parte, la creación de contenido está absolutamente prostituida al servicio del algoritmo. Hemos vendido el alma a una máquina que premia el ruido sobre el contenido y la estupidez sobre el criterio. Conozco y admiro casos de éxito de creadores brutales que aportan valor real, pero sinceramente… ¡hay de todo! Y una parte muy representativa me produce una vergüenza ajena de dimensiones siderales.

1. El arte del ‘gorroneo’ profesional y las ganas del ridículo

Hablemos de esa fauna que vive obsesionada por venderse como influencer o creador de contenido las veinticuatro horas del día con tal de arañar una botella gratis… un plato de jamón a coste cero o un fin de semana a mesa puesta a cambio de cuatro vídeos vacíos y sonrisas impostadas. ESOS son los que hacen que la concepción que la gente tiene del sector sea profundamente negativa.

Creador de contenido y colaboración con una bodega de vinos y productos gastronómicos

Y lo más grotesco del asunto es que no estamos hablando solo de chavales de veinte años despistados por la ilusión de la fama efímera. Conozco a unos cuantos —y más de uno y de dos ya peinan canas como para andar haciendo semejantes numeritos— que siguen comportándose como quinceañeros con complejo de estrella del rock. La imagen que dejan de cara a las bodegas, los restaurantes o los pequeños productores es sencillamente lamentable: la de unos jetas consumados, unos aprovechados que explotan la ignorancia o la buena fe del que tienen delante y se creen los más listos de la clase.

«Viven por y para el algoritmo, fabricando rankings absurdos vídeos de rage bait para encender a la masa y conseguir comentarios, destruyendo por el camino el prestigio de las marcas que dicen defender.»

Pero tranquilos, amigos: el karma existe y siempre acaba pasando factura. Deja ya de hacer el ridículo. Deja de destrozar reputaciones de bodegas que llevan generaciones sudando la camiseta solo para que tres iluminados te pongan un comentario descalificativo en tu vídeo incendiario. Presumir de “entendido” manipulando el cabreo de la gente no te convierte en sumiller ni en crítico: te convierte en un mero bufón del circo digital.

2. El circo del engaño: ‘Engagement’ de mercadillo y premios de atrezzo

Capítulo aparte merece el gremio de los «premiados» que compran engagement sin el menor pudor. Suben una publicación de mierda y, en cuestión de segundos, la foto cuenta con 4.000 me gustas procedentes de cuentas sin foto radicadas en lugares remotos. Se autoaplauden, se felicitan entre ellos y sonríen a la cámara creyendo sinceramente que el resto del mundo somos gilipollas y no nos damos cuenta de la jugada.

La traca final de esta comedia llega cuando se celebran los grandes certámenes o galas del sector y, para sorpresa de nadie que conozca el «mamoneo», ¡esos mismos personajes terminan siendo premiados! ¿Por qué? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Nadie entiende los criterios, pero lo que es aún peor: casi nadie se atreve a cuestionarlo públicamente. Reina un pacto de silencio cobarde por miedo a ser excluido del circuito de invitaciones, los viajes pagados y las palmaditas en la espalda.

3. ¿Creador de contenido o mercenario del algoritmo?

Aquí es donde la reflexión debe ser mucho más profunda. Cuando analizas detenidamente cómo funciona esta industria, te das cuenta de que hay ingenieros y sociólogos en Silicon Valley cobrando un pastizal desorbitado con el único objetivo de diseñar mecanismos adictivos que te retengan el mayor tiempo posible pegado a la pantalla de un teléfono inteligente.

El problema empieza cuando el creador de contenido deja de pensar en lo que quiere comunicar y empieza a pensar únicamente en lo que premiará el algoritmo.

Creador de contenido condicionado por el algoritmo en las redes sociales

Y cuando tú, como creador de contenido, te dedicas a estructurar tus vídeos siguiendo a rajatabla los caprichos del algoritmo —buscando el impacto fácil, la dopamina rápida, la polémica prefabricada—, en realidad solo estás trabajando gratis para ellos. Estás dándoles la razón y sirviendo de engranaje a su maquinaria de alienación.

La gran encrucijada: ¿Queremos ser parte de los «buenos» que aportan divulgación y valor real, o de los «malos» que alimentan una rueda adictiva y vacía a cambio de migajas?

En ese preciso instante es cuando me paro, respiro y me planteo con total honestidad: ¿de verdad quiero pasar por ese aro? ¿Quiero formar parte de ese juego enfermito? La respuesta es un «NO» rotundo. Prefiero mil veces sudar de la dictadura algorítmica y dedicarme a hacer lo que me gusta realmente: conectar en directo, charlar de forma reposada en plataformas menos dopamínicas y construir una comunidad real que aprecie el vino y la conversación sin prisas.

4. Menos pantalla y más vida real: dejemos de engordar a los falsos ídolos

Ha llegado el momento de pegarnos un baño de realidad. Es infinitamente más importante la vida que discurre fuera de los marcos rectangulares de nuestras pantallas. Estamos atontados viendo cómo cuatro gilipollas fardan de yate, de reservados VIP o de vacaciones por todo lo alto en Ibiza cual rockstars de pacotilla, cuando lo único que han hecho en su vida es posar con un plato que ni han pagado ni saben apreciar.

¡Por favor, dejemos de hacerles el culo gordo a gente que no lo merece! Dejemos de regalarle nuestra atención, nuestro tiempo y nuestras vidas a personajes vacíos cuya única meta es la validación externa y la sopa boba.

Reflexión final: filtrar para sobrevivir

Por todo esto marco distancias. Me alejo progresivamente de este mundillo hipertrofiado de influencers y del falsario que han montado a su alrededor. Lo único verdaderamente valioso que me llevo de todo este camino son las personas auténticas que he tenido la suerte de conocer: profesionales brillantes, creadores honestos y amigos de verdad —algunos al otro lado del charco— con los que merece la pena compartir una mesa y descorchar una buena botella.

Pero hay que ser extremadamente selectivos: no es oro todo lo que reluce en las redes sociales y la hipocresía reina por bandera. Hagámonos un favor a nosotros mismos y a quienes queremos: limitemos el tiempo de móvil para ampliar el tiempo con la familia, los amigos y la gente que de verdad importa. El vino, como la vida, sabe infinitamente mejor en directo.

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