¿Por qué o para qué elijo un destino para disfrutar de unas vacaciones, un fin de semana o, simplemente, una salida ocasional? Esta pregunta puede ser un buen punto de partida cuando pensamos en cómo elegir un destino.
Aunque parezca sencilla, la respuesta puede darnos las pistas necesarias para escoger un lugar que encaje con lo que buscamos.
Al viajar nos adentramos en mundos diferentes: otra cultura, otro idioma, otra gastronomía, otro entorno. También se agudizan nuestros sentidos, y la manera en que percibimos todo ello puede convertir la experiencia en un recuerdo imborrable o dejarnos una sensación de desconexión con el lugar.
A través de la experiencia de unos clientes pude constatar que la elección de un destino puede representar una gran aventura o una gran decepción. Esto es lo que viví con ellos.
Un mismo viaje, dos experiencias muy distintas
El destino era la India, un país que me fascina lo mire por donde lo mire.
Esta encantadora pareja tenía un pacto: se alternaban a la hora de elegir el destino de sus vacaciones, y aquel año le tocaba a ella. Muy entusiasmada y emocionada, nada más sentarse en mi mesa, exclamó:
—Anna, este año sí: ¡nos vamos a la India!
El rostro de su pareja era un poema. Resignación total.
Eligieron un circuito de quince días por el norte del país, muy completo, con buenos hoteles y excelentes guías, algo que considero muy importante. Tenía la convicción de que sería todo un éxito y, como siempre, les pedí que a su regreso me contaran su experiencia.
Cuál fue mi sorpresa al verlos entrar de nuevo en la oficina. Apenas hacían falta palabras: ella estaba enfadada; él, en cambio, irradiaba felicidad. Mi cara… otro poema.

Alterada, o más bien decepcionada, ella empezó a contarme las sensaciones que le había producido el destino:
—Huele muy mal, hay mucho ruido, la comida es muy especiada y picante…
La lista era interminable. Incluso le había molestado que el personal de algunos restaurantes se pusiera en cuclillas para contar el dinero de la cuenta. Hablaremos de eso en otro artículo, si os parece.
Cuando él comenzó a relatarme su experiencia, sus ojos se iluminaron:
—¡Cuánta belleza, Anna! La gente es encantadora. A pesar de las circunstancias que, a nuestro entender, son adversas, sonríen.
Y, entre muchas muestras de admiración, concluyó:
—La India es un país multicolor en todos los sentidos. Voy a volver, seguro.

Ahí estaba lo sorprendente: ambos habían hecho el mismo viaje, pero sus sensaciones habían sido completamente distintas. Además, sus reacciones al regresar eran opuestas a las que habían mostrado antes de partir.
¿Qué buscamos cuando elegimos un destino?
Preguntarme a qué se debía aquella diferencia me hizo replantear mi mirada como agente de viajes. Para mí también había sido un choque, y quería entender cómo podía ayudar a mis clientes a elegir mejor en el futuro.
De ahí nació la pregunta: ¿por qué o para qué elijo este destino?
Antes de viajar solemos informarnos sobre el idioma, la moneda, las visitas que queremos hacer o los consejos que conviene seguir. Pero ¿nos interesamos también por la vida cotidiana del lugar? ¿Nos preguntamos qué sensaciones pueden despertar sus sonidos, sus olores o su gastronomía?
Idealizar un destino puede llevarnos a una decepción. Viajar supone adentrarse en un mundo diferente, y dejar espacio para lo que no habíamos imaginado también forma parte de la experiencia.
En definitiva, permitámonos caminar por el mundo con la seductora idea de contemplar. Paseemos sin prisas, vivamos las ciudades, descifremos su alma y captemos su esencia. Quizá las mejores instantáneas que nos llevemos no sean solo las de la cámara.
¡Feliz viaje por el mundo!
